El PIB como medida mundial de riqueza

Luis Eduardo Díaz Franjul

eduardofranjul@yahoo.com

El producto interno bruto (PIB) es, sin quizás, el indicador más confiable a la hora de evaluar el comportamiento de la economía de cualquier país, o el desempeño económico y/o riqueza del planeta Tierra si se quiere, donde los más afortunados (países ricos) debaten ciertas variables que ponen en tela de juicio la esencia o razón de ser del PIB a falta de un pragmatismo que justifique su aplicación como indicador a la hora de evaluar la riqueza material de las naciones, sea dentro o fuera del PIB.

En el caso de los países pobres el PIB sería el punto de partida que conduce a la «igualdad económica» que se observa en los países ricos, donde el PIB es el responsable de esa particular igualdad que tanta falta le hace a los países pobres para dejar atrás la marginalidad y pobreza.

Entonces de que se quejan los países ricos agraciados con la igualdad económica y social que se desprende del PIB en términos de riqueza material, como punto de partida para lo demás?.

Hasta que se demuestre lo contrario lo demás sería pura retórica, ilusión o distorsión que contrasta con los alcances del PIB a la hora de evaluar el comportamiento económico de las naciones, sin importar cuál.

Cuando decimos igualdad económica nos referimos al grado de bienestar económico y social que implica el paso del subdesarrollo al desarrollo, lo que por lógica existencial debe ser el anhelo de las naciones menos favorecidas, o de los habitantes del planeta en general, ya que todo no termina con el desarrollo pues la vida sigue.

Todo esto viene al caso luego del reciente reportaje «Cuán útil es el PIB para evaluar la economía de un país? (Financial Times. Gillian Tett, Diario Libre, 25/10/19), quien previo a la publicación de datos acerca del PIB del tercer trimestre de 2019 del gobierno estadounidense se preguntaba si en realidad es una ilusión, o una distorsión las cifras del PIB a la hora de evaluar (en este caso) la economía estadounidense.

Como señala Gillian Tett, el PIB fue ideado durante los primeros años del siglo XX para monitorear la producción industrial, y no puede captar otros aspectos de la vida económica de EEUU, como el trabajo doméstico no remunerado o incluso algunos servicios pagados.

Mi respuesta sigue siendo el marco de referencia que justifique la aplicación como indicador cualquier propuesto o variable, sea dentro o fuera del PIB, para evaluar la economía de cualquier país. Al fin y al cabo todo se reduce a una sola cosa, como veremos al final de este artículo.

El señor Tett señala que algunos economistas temen que las anticuadas medidas del PIB en los EEUU ya no capturan la economía «real», no simplemente en términos de producción sino también «en términos de precios y de nuestros propios ingresos».

También comenta que hay que añadir el explosivo crecimiento de la tecnología y su constante mejora.

De igual manera elementos «intangibles» como las marcas o la propiedad intelectual, etc., etc. Y que también han surgido inquietudes como la del FMI que analiza el tema de la medición del PIB al igual que los académicos del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) que están desarrollando una medida alternativa al PIB que trata de monitorear el tamaño de los servicios «gratuitos» (Facebook, YouTube, Google, etc.).

Me pregunto qué es lo que sucede con la realidad o la fábula a la hora de ponderar los alcances del PIB, poniendo en duda la veracidad de este confiable indicador de riqueza de las naciones.

Sobre las posibles soluciones que propone Gillian Tett para enderezar el PIB la primera es invertir más dinero en la investigación estadística para mantenerse al día con los cambios tecnológicos.

La segunda publicar las medias alternativas del PIB, y la tercera dejar de obsesionarse con dígitos precisos para el PIB.

Según el señor Tett eso no es fácil en un mundo donde numerosos inversionistas y analistas (y periodistas) se ganan la vida creando un drama a partir de estos pronósticos y anuncios trimestrales; y que es natural que todos busquemos una dirección certera a un mundo confuso. 

El hecho de que los países ricos quieran utilizar el PIB a su medida es otra cosa, introduciendo cualquier variable que se destape en su territorio.

Se podrían contemplar cambios en el PIB como pretenden esos países, lo que sería aceptable siempre y cuando no se altere la esencia y alcance del PIB.

Al fin y al cabo todo se reduce a la oscilación de la riqueza material en cualquier economía, sea rica o pobre, de lo contrario (a manera de advertencia) cuando la productividad colapsa todo se desmorona, o resurge como el ave Fénix, como sucede en los países ricos cuando la normalidad retorna después del colapso.

Caso contrario son los países pobres que no cuentan con la suficiente riqueza material para hacerle frente a los retos o a una debacle de grandes proporciones.

Así llegamos a la conclusión de que la marginalidad y la pobreza que se deriva de la insuficiente riqueza material en el mundo del subdesarrollo es la causa del financiamiento externo de los países pobres a falta de una fórmula que reduzca o elimine la pobreza en función del aumento del empleo consecuencia de la generación de riqueza público privada, para lo cual es un imperativo un «pacto por la productividad» entre el sector público y el sector privado.

A falta de eso se pierde el enfoque de la deuda externa y se desvanecen las metas de la igualdad económica y social a la que tienen derecho los países pobres.

Hoy día, lamentablemente, el financiamiento externo es un «negocio lucrativo» entre los países ricos, por un lado, y el «sector público» de los países pobres, por el otro, donde se ve de todo excepto el real combate contra la marginalidad y pobreza en gran parte del mundo.

En vez de desvirtuar la esencia del PIB los países ricos primero deben demostrar un pragmatismo que justifique la aplicación de cualquier variable o propuesta convertida en indicador a la hora de evaluar la riqueza de las naciones, sea dentro o fuera del PIB para, en este caso, darnos cuenta que al final todo conduce a un mismo lugar, a un callejón sin salida con nombre propio, en este caso el PIB, a pesar de sus «anticuadas» medidas de algunos economistas, según el señor Tett.

Y que me perdonen Mark Cliffe del ING Group, Diane Coyle, David Pilling, y los economistas de la de la Reserva  Federal (Fed) de EEUU, David Byrne y Carol Corrado.

Para mayor información: (Ref. /Google: «PIB 2.0 – Pacto por la Productividad», «Teoría de la Desigualdad”, «La Teoría de la desigualdad en cifras».- «Las raíces de la pobreza en América Latina», Guillermo Yeatts).

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