Encuestas propagandísticas

Por Glenis E. Féliz

Históricamente, los muestreos han sido métodos de control de calidad de un producto que debe salir de un proceso con la máxima calidad posible, y por eso desde la antigüedad las madres probaban repetidamente el sabor de las comidas que estaban preparando para saber si faltaba sal, condimentos, olor, agua, aceite, vinagre, textura o más cocción, en un proceso que se iba ajustando gradualmente hasta alcanzar la calidad, la textura, la blandura, el sabor y el olor deseado por toda la familia que se reunía a disfrutar de esa comida preparada con esfuerzo y amor especial.

El mismo criterio aplica para todo proceso industrial de comidas, bebidas, dulces y picaderas, donde el control de calidad es una obligatoriedad para garantizar la sostenibilidad de la calidad, y consecuentemente la sostenibilidad de un mercado cada día más exigente y cada día más competitivo, donde quien pierde calidad pierde mercado, y por eso los catadores de los procesos y de los productos finales son profesionales muy especializados que tienen su paladar muy bien entrenado y calibrado, y por eso son tan bien pagados, pues la palabra mágica es: la calidad.

Si alguien quiere conocer la calidad del agua, del aire o del suelo, y quiere conocer la cantidad de cada elemento químico allí presente, simplemente hace un muestreo tomando varias muestras, en diferentes lugares, y las envía al laboratorio para realizar los análisis químicos cuantitativos correspondientes, y luego de recibir los resultados los somete a un proceso de análisis estadístico para conocer la distribución real de cada elemento de interés, siendo fácil saber cuándo el agua, el aire o el suelo están contaminados, y cuándo no.

Y así mismo son las encuestas, métodos de medición de la intención del voto de la población, para saber cómo andan las correlaciones de fuerzas políticas en un momento determinado previo a un proceso electoral, y para cada tipo de encuesta se seleccionaba un tamaño de la muestra que sea verdaderamente representativo de la población a muestrear, entendiendo que a mayor cantidad de muestras más preciso ha de ser el resultado final, sin extender tanto el tamaño de la muestra que le haga inviable en función del tiempo y del costo.

Pero ese es el método científico, el cual es muy diferente al método propagandístico político de hoy, en un mundo de hoy donde cada día hay mayor distanciamiento entre el muestreo científico y el objetivo político, porque ya no importa lo que digan las ciencias estadísticas, ni importa equivocarse por 10%, 15%, 20%, o hasta más, ni importa perder prestigio y credibilidad, porque lo que importa es construir una falsa impresión de que tal o cual partido político va a ganar arrolladoramente, y ya no se paga el trabajo del muestreo de campo, ni el procesamiento del trabajo de campo, sino que se paga la encuesta gris, la encuesta sin campo, la encuesta con campo manipulado, la encuesta que da como el resultado el resultado que alguien ha pagado.

Las encuestas políticas de hoy están como la analítica del baloncestista DJ Cooper, que en su muestreo antidopaje apareció embarazado, simplemente porque para falsear la realidad, en lugar de entregar una muestra de su orina, entregó una muestra de la orina de su esposa, y usted ve resultados de varias encuestadoras que han inflado y asignado a un candidato hasta 54% y 56% de la intención del voto, pero por otro lado muestran un alto porcentaje de indecisión, hasta 24%, y la pregunta que se hace la población es: ¿cómo distribuyeron los indecisos, proporcionalmente en base a una regla de 3, asignando un valor pesado en proporción al peso que tiene cada candidato en la población, o sumando los indecisos al candidato del grupo económico que encargó y pagó la encuesta?

Las encuestas, más que un método científico, se han convertido en un método de propaganda política, y cada día son menos las personas que creen en las encuestas por saber que no tienen ningún sustento científico, y que a veces fueron inventadas en la oficina del comando de campaña de un candidato, y lo peor de todo, lo más vergonzoso, lo más reprochable, y lo más detestable, es que la Junta Central Electoral, ente regulador de las encuestadoras, se haya quedado de brazos cruzados, en una acción que aparenta validar esa vulgaridad propagandística, esa desagradable vocación de engañar a la población, sin darse cuenta que del mismo modo en que una parte de la población no cree en esos números inventados, los tramposos que nunca aceptan derrotas se valen de esos resultados falseados para desacreditar el resultado electoral final, crear casos post electoral, y desacreditar a la propia Junta Central Electoral, que como administradora del proceso de elecciones tendrá que cargar con todo lo bueno y con todo lo malo del presente proceso, y luce que así como se le pegó un serio problema con las elecciones municipales pasadas, se le puede pegar otro grave problema con las próximas elecciones nacionales y congresionales.

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