
Por Araceli Aguilar Salgado
“El verdadero progreso no consiste en aumentar la riqueza, sino en distribuirla mejor.” Henry George
La inteligencia artificial (IA) parece destinada a transformar nuestras vidas en todos los ámbitos: desde la educación y la salud, hasta el trabajo y la gobernanza.
Sin embargo, este avance tecnológico trae consigo riesgos reales, como la pérdida de empleos, el aumento de la desigualdad y el descontento social.
La ONU ha advertido que el destino de la humanidad “nunca debe quedar en manos de la caja negra de un algoritmo”, subrayando la necesidad de mantener siempre la supervisión humana y garantizar que los derechos fundamentales sean respetados.
Educación: el antídoto contra la exclusión tecnológica
La educación se presenta como la clave para enfrentar los desafíos de la IA. La UNESCO ha señalado que el sistema educativo global necesitará 44 millones de profesores para 2030, y que invertir en docentes es más importante que invertir únicamente en tecnología.
La IA puede gestionar datos, pero no puede sustituir la dimensión humana, social y cultural de la enseñanza.
La alfabetización digital y en IA es indispensable para que estudiantes y trabajadores puedan adaptarse a un mundo en constante transformación.
El impacto laboral: entre la amenaza y la oportunidad
El Foro Económico Mundial estimó en 2025 que el 41% de los empleadores planeaba reducir su plantilla debido a la IA.
Sin embargo, la OIT advierte que uno de cada cuatro empleos se transformará, lo que no implica necesariamente una pérdida neta, sino una reconfiguración del mercado laboral.
La clave está en la capacidad de adaptación de los trabajadores: aprender nuevas habilidades, combinar creatividad y juicio ético con las capacidades de las máquinas, y aceptar que la formación continua será una exigencia permanente.
Brecha digital y acceso desigual
La concentración del desarrollo de la IA en manos de unos pocos gigantes tecnológicos amenaza con ampliar la brecha entre países y dentro de las sociedades.
La ONU insiste en que el acceso universal a la IA es indispensable para evitar que solo los privilegiados se beneficien de sus avances.
En África, por ejemplo, la falta de infraestructura digital y centros de datos coloca al continente en riesgo de convertirse en consumidor pasivo de tecnologías externas.
Sin embargo, también existen oportunidades: la IA puede ayudar a predecir sequías, mejorar diagnósticos médicos y acelerar el desarrollo agrícola.
Ética y derechos humanos: el núcleo del debate
La UNESCO, en su “Recomendación sobre la Ética de la Inteligencia Artificial” (2021), subrayó que los derechos humanos no son opcionales, sino la base vinculante de cualquier sistema de IA.
Las herramientas que amenacen la dignidad, la igualdad o la libertad deben ser restringidas o prohibidas.
La automatización sin control podría agravar las divisiones sociales, por lo que la gobernanza global debe garantizar que la IA se desarrolle con inclusión, transparencia y responsabilidad.
La inteligencia artificial representa tanto una promesa como una amenaza. Puede impulsar el desarrollo económico, mejorar la calidad de vida y resolver problemas complejos, pero también puede profundizar desigualdades y generar descontento social si no se regula adecuadamente.
La educación, la cooperación internacional y la ética son los pilares para asegurar que la IA esté al servicio de la humanidad y no en su contra.
“La ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma.” François Rabelai
Araceli Aguilar Salgado Periodista, Abogada, Ingeniera, Escritora, Analista y comentarista mexicana, de Chilpancingo de los Bravo del Estado de Guerrero E-mail periodistaaaguilar@gmail.com

