
Por José René (Tito) Olivo
El sistema económico internacional atraviesa una transformación estructural que combina tres fuerzas simultáneas: volatilidad energética, revalorización de activos estratégicos y disrupción tecnológica acelerada.
Mientras el petróleo continúa siendo el principal factor de vulnerabilidad macroeconómica —especialmente ante tensiones en el Medio Oriente y riesgos en el Estrecho de Ormuz— el oro se consolida como reserva estratégica en un mundo cada vez más fragmentado geopolíticamente.
Pero el elemento verdaderamente transformador del siglo XXI es la inteligencia artificial.
El caso de IBM: una señal del cambio estructural
En febrero de 2026, IBM sufrió una de las mayores caídas bursátiles de las últimas décadas. En una sola jornada perdió más de 13% de su valor, evaporando decenas de miles de millones de dólares en capitalización de mercado. El precio de la acción cayó desde niveles cercanos a sus máximos anuales hasta la zona de 220 dólares por título.
¿Qué ocurrió?
El detonante inmediato fue el anuncio de avances en inteligencia artificial capaces de automatizar procesos de modernización de sistemas escritos en COBOL, lenguaje que durante más de medio siglo ha sostenido sistemas bancarios, aseguradores y gubernamentales en todo el mundo.
COBOL no está obsoleto en términos operativos: todavía procesa millones de transacciones financieras diarias. El problema es otro: el mercado bursátil castiga cualquier indicio de que una fuente tradicional de ingresos pueda ser automatizada por IA.
La caída de IBM no fue únicamente técnica; fue simbólica. Representa la tensión entre:
Infraestructura tecnológica heredada.
Automatización basada en inteligencia artificial.
Expectativas de monetización inmediata del capital cognitivo.
En otras palabras, el mercado está descontando el futuro a una velocidad superior a la capacidad de adaptación de muchas corporaciones tradicionales.
La lección estratégica
Este fenómeno tiene implicaciones profundas para países como la República Dominicana.
Nuestra economía presenta tres características estructurales:
Importa energía.
Produce oro.
Consume tecnología.
En un escenario de choque petrolero, el país enfrenta presión inflacionaria y cambiaria.
En un escenario de revolución tecnológica acelerada, el capital global migra hacia activos basados en conocimiento.
Aquí emerge el punto central: la soberanía moderna no es únicamente territorial, es energética, financiera y tecnológica.
El oro como instrumento de transición
El fortalecimiento del oro en las reservas internacionales responde a una lógica clara: los bancos centrales buscan activos neutrales en un entorno de competencia geopolítica creciente, incluyendo la expansión del bloque BRICS.
Para la República Dominicana, la creación de un Fideicomiso Soberano del Oro permitiría:
Acumular reservas reales no dolarizadas.
Reducir vulnerabilidad ante shocks energéticos.
Respaldar financiamiento estratégico.
Convertir renta extractiva en activo estructural.
El oro no debe concebirse como simple metal monetario, sino como instrumento de estabilidad sistémica.
Petróleo, Oro e Inteligencia Artificial: la tríada del poder
El petróleo genera vulnerabilidad.
El oro genera estabilidad.
La inteligencia artificial genera concentración de capital.
El caso IBM demuestra que incluso gigantes tecnológicos pueden perder valor rápidamente si el mercado percibe que no lideran la transición hacia el capital cognitivo.
República Dominicana tiene una oportunidad histórica: utilizar el oro como puente entre la economía extractiva y la economía del conocimiento.
El verdadero valor del siglo XXI surge cuando el trabajo socialmente necesario se articula con conocimiento estratégico e institucionalidad sólida.
Ese es el desafío. Y también la oportunidad.

