Por Tito Olivo

El enfrentamiento entre Estados Unidos, Israel e Irán ha cambiado el pulso del sistema económico internacional.

El oro ha escalado a niveles históricos superiores a los 5,300 dólares por onza, reflejando lo que los mercados financieros interpretan como una nueva fase de incertidumbre estructural. Cuando las potencias entran en confrontación directa, el capital huye del riesgo y busca protección.

El petróleo, aunque todavía no ha explotado en precio, permanece bajo una tensión latente. El Brent ronda los 70–80 dólares, pero el verdadero riesgo está en el Estrecho de Ormuz. Si el tránsito energético se interrumpe, el mundo podría enfrentar un barril cercano a los 100 dólares o más.

Y cuando el petróleo sube, sube todo: transporte, alimentos, electricidad, inflación.

Para economías importadoras de energía como la nuestra, el impacto no es abstracto. Se traduce en presión fiscal, mayores subsidios y menor margen de maniobra económica.

La lección es clara: en tiempos de incertidumbre geopolítica, los países que poseen reservas estratégicas reales tienen mayor capacidad de resistencia.

El oro no solo es un activo financiero; es una herramienta de soberanía.

El mundo entra en una etapa donde la geopolítica vuelve a imponerse sobre la globalización complaciente de las últimas décadas.

Y en ese nuevo tablero, la previsión estratégica ya no es opcional: es una necesidad.

Tito Olivo