Por Tito Olivo

El mundo atraviesa una fase de profundas transformaciones geopolíticas.

Las tensiones entre las grandes potencias, los conflictos en Medio Oriente y la creciente competencia por recursos estratégicos están configurando un nuevo escenario internacional que tendrá importantes consecuencias económicas y políticas.

En este contexto, dos factores han vuelto a ocupar un lugar central en la economía global: el oro y la energía.

Durante décadas, el sistema financiero internacional ha estado dominado por el dólar de Estados Unidos como principal moneda de reserva.

Sin embargo, en los últimos años varios países han comenzado a incrementar sus reservas de oro como mecanismo de protección frente a la volatilidad financiera y las tensiones geopolíticas.

Economías emergentes como China y Rusia han aumentado significativamente sus reservas de oro, mientras que algunos acuerdos comerciales internacionales comienzan a realizarse en monedas distintas al dólar.

Paralelamente, la energía continúa siendo uno de los principales factores que determinan el equilibrio del poder mundial.

El control de recursos energéticos, rutas de transporte y tecnologías asociadas a la transición energética se ha convertido en un elemento central de la competencia entre las grandes potencias.

Las tensiones entre Israel y Irán ilustran claramente la fragilidad del equilibrio energético global.

Una escalada militar en esta región tendría efectos inmediatos sobre los precios del petróleo y, en consecuencia, sobre la economía mundial.

Para países importadores de energía como República Dominicana, comprender estas dinámicas resulta fundamental.

Las fluctuaciones en los mercados energéticos internacionales pueden tener un impacto directo en los costos de producción, la inflación y la estabilidad económica.

El mundo se dirige hacia un sistema internacional más complejo y multipolar, en el que el poder económico estará cada vez más vinculado al control del conocimiento tecnológico, los recursos energéticos y los activos financieros estratégicos.

Frente a esta realidad, los países del Caribe y de América Latina deben desarrollar una visión estratégica que les permita adaptarse a las transformaciones del sistema internacional y aprovechar las oportunidades que surgen en este nuevo escenario global.