Por Abdias Estrella

La seguridad vial no es un tema de bandos, sino de supervivencia colectiva. Sin embargo, en nuestras calles se ha gestado una narrativa de exclusión y señalamiento que merece ser revisada.

Hemos levantado la voz contra la agresiva opresión y discriminación que sufre una clase social específica: los motociclistas. Si bien es innegable que algunos motoristas incurren en imprudencias, estas no son mayores ni menores que las cometidas por conductores de cualquier otro medio de transporte. La irresponsabilidad no tiene número de ruedas.

El caos que vivimos a diario es el resultado de un “manejo salvaje” generalizado. El congestionamiento vehicular ya no es solo un problema de volumen, sino de actitud.

Observamos con frustración cómo se obstruye sistemáticamente el paso peatonal al colocar los vehículos encima de la zebra blanca, robándole al ciudadano su espacio seguro.

A esto se suma la temeridad de quienes conducen a alta velocidad manteniéndose a una distancia mínima —casi encima— del vehículo delantero, transformando las calles en una trampa mortal.

Pero la imprudencia no termina ahí. Los conductores de vehículos de cuatro gomas o más también son protagonistas de faltas brutales.

Es común ver intersecciones bloqueadas, vehículos estacionados de forma irregular en avenidas y autopistas principales, e incluso la marcha en sentido contrario.

A esto se añade el peligro de los “vehículos fantasmas”: aquellos que circulan con luces deterioradas o direccionales defectuosos, convirtiéndose en proyectiles invisibles en la oscuridad.

Sin duda, la mayor bofetada a la conciencia ciudadana es la indiferencia ante la emergencia. Resulta desgarrador estimar que apenas un 3% de los conductores y motoristas respetan el paso de ambulancias, bomberos o cuerpos de rescate.

Ni siquiera el sonido de una sirena, que representa la diferencia entre la vida y la muerte, logra conmover a una mayoría que parece haber perdido la humanidad tras el volante.

Ante esta falta de conciencia, las palabras ya no bastan. Es urgente que las autoridades tomen medidas drásticas y apliquen multas altas. El respeto por los servicios de primeros auxilios y por las normas básicas de convivencia vial no puede ser opcional.

La fiscalización debe ser implacable, porque cuando la conciencia falla, la ley debe imponer el orden para proteger la vida de todos.