Por Ana Vargas

El norte se enfría, y no hablo del invierno. El PIB de Estados Unidos creció apenas un 1.5% en el segundo trimestre, por debajo de lo previsto.

La inflación, medida por el PCE, sigue tozuda por encima del 2% que la Fed persigue como un espejismo. Y nosotros, acostados en la hamaca del remesero, mirando el cielo sin calcular el palo que viene.

Porque una desaceleración gringa no es noticia de pasillo ni tema de café. Es la caída del principal motor de nuestra economía doméstica: remesas, turismo, zonas francas, confianza inversionista.

Todo eso se tensa cuando el vecino del norte afloja el paso. Pero aquí, en vez de preparar el colchón, seguimos discutiendo si el aire acondicionado del Congreso enfría bien mientras afuera se quema el pueblo.

La ironía es que allá, en USA, los datos mejoran lentamente, y aquí seguimos sin brújula.

No se trata de alarmismo, sino de realismo con picardía: sabemos que el imperio del norte estornuda, y nosotros nos resfriamos de gravedad.

Pero nadie dice cuánto durará el catarro ni cuánto nos costará la consulta.

La pregunta incómoda no es si la economía gringa se recupera, sino si la nuestra está lista para cuando el vecino decida cerrar la nevera.

Ojalá no nos toque improvisar, porque el tiempo, como el dólar, no espera por nadie.