Por Bolivar Balcacer

Perder una curul no es simplemente perder una silla: es perder el mandato, el brillo y la ficción de indispensabilidad. Aquel político que insiste en vender sueños que ya no puede sostener debería aterrizar.

Su tramo final hasta el 3 de enero no constituye una coronación; es apenas la ilusión administrativa de un poder que ya fue revocado por las urnas.

No pudo defender su obra porque le faltó integridad. Por eso resulta grotesco verlo ahora envuelto en santidad, cuando su paso dejó demasiadas sombras, heridas y pactos con el demonio de la soberbia.

Los reconocimientos de última hora son el “debut y despedida” que cantaba Elio Roca: flores de despedida, no certificados de eternidad.

El peor error del político desplazado no fue perder la curul, sino seguir escuchando a los áulicos. Ellos aplauden incluso frente al ataúd político, incapaces de admitir que su carnaval terminó.

En vez de perseguir cámaras y fabricar protagonismos póstumos, debería usar su experiencia para orientar a quien lo relevará

La comunidad no necesita otro ego herido: necesita soluciones ante hambre, miseria moral, desamor y traiciones. Su luz se apaga. Y, como tantos viejos líderes, también será sepultado por el olvido. Eso, inevitablemente, pasará.

A partir de enero, cuando se apague el último reflector y la curul tenga otro dueño, quedará una verdad imposible de maquillar: sin poder, sin obra defendible y sin humildad para rectificar, no será más que letra muerta en una historia que ya decidió continuar sin él.

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