Por Abdías Estrella

Santo Domingo – El dirigente y activista del Movimiento Popular Dominicano (MPD), Fidel Soto Castro explicó que Amín Abel Hasbún no era un militante cualquiera, era el principal dirigente estudiantil y del MPD, era un ingeniero, profesor universitario y líder de masas que articulaba a los estudiantes, trabajadores y profesionales, por eso el régimen de los 12 años lo veía como una fuerza operativa de peligro que había que detener.

Su círculo cercano era parte de esa misma estructura que el régimen quiso descabezar: Otto Morales, José Daniel Figueroa (Chapó), Homero Hernández, Roberto Santana y Julián Parra, todos dirigentes del Movimiento Popular Dominicano condenados colectivamente bajo el mismo expediente del secuestro del coronel Donald J. Crowley, aunque muchos ni siquiera participaron.

La justificación para eliminarlo fue fabricada, según Soto.

Se tomó como pretexto el secuestro del agregado militar de EEUU, pero fue una venganza política, porque antes de eso ya el régimen había desaparecido a Henry Segarra, había intentado matar con fósforo blanco al senador Casimiro Castro y fusilaba jóvenes cada noche en Barahona, alegando que eran fuerzas incontrolables.

La práctica de fabricar pruebas para eliminar a este grupo fue evidenciada por el abogado Héctor Cabral Ortega, quien demostró en los tribunales de La Victoria que a todos se les acusaba con la misma arma de porte ilegal y con los mismos libros marxistas, una prueba repetida para justificar los apresamientos y condenas de hasta siete años.

Fidel Soto reveló que Homero Hernández fue el ejemplo más claro de esa fabricación: no participó en el secuestro de Crowley y aun así fue implicado en el expediente y luego asesinado, demostrando que no buscaban justicia sino exterminar a toda la generación cercana a Amín.

Para el régimen, eliminar a Amín era mandar un mensaje a toda la juventud movilizada: si al líder más querido de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) era ejecutado, podían hacerlo con cualquiera, por eso la orden no fue apresarlo sino ejecutarlo directamente.

El hecho más despiadado ocurrió el 24 de septiembre de 1970. Amín Abel Hasbún, de 28 años, fue acribillado a balazos dentro de su propia casa, en la calle José Martí, frente a su esposa Mirna Santos, quien tenía 8 meses de embarazo.

Fidel Soto calificó esa acción como la definición misma de un gobierno criminal y no solo corrupto. No fue un enfrentamiento, fue una ejecución sumaria planificada, entraron a su hogar y lo asesinaron delante de su compañera embarazada para dejar una marca de terror en su familia y en el movimiento.

Mirna Santos quedó viuda con su hijo a punto de nacer. Ese hijo, Amín Abel Santos, nació sin conocer a su padre y se convirtió en el símbolo vivo de los huérfanos de los 12 años, una generación que creció escuchando que su padre fue asesinado por defender sus ideas.

La crueldad frente a las esposas embarazadas no fue un caso aislado. Fue parte del método de los 12 años: allanar casas de madrugada, golpear y asesinar delante de niños y mujeres embarazadas para que el trauma paraliza a la familia y al barrio entero.

Soto concluyó que por esa crueldad es que no se le puede llamar padre de la democracia a Balaguer. Un padre de la democracia no manda a matar a un joven profesor frente a su esposa embarazada. Eso lo convierte en padre del terror y de la tortura, en continuidad directa del trujillismo.

Hoy, 55 años de ese crimen, el caso de Amín Abel sigue impune, pero su figura como estudiante, compañero, colega y dirigente cercano a su gente es la prueba de que el régimen no perseguía delincuentes sino ideas, y que para mantener una claque militar corrupta que robaba desde el CEA para la reelección, necesitaba sangre.

Fidel Soto: “A Amín Abel lo ejecutaron frente a su esposa con 8 meses de embarazo para sembrar terror, esa fue la justicia de Balaguer”.

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